18 jul. 2010

Privilegiados.

El viernes pasado madrugué con la intención de filmar un amanecer en Las Tablas. Me desplacé al punto más  occidental del Parque, pero las cosas han cambiado mucho desde la última vez que estuve allí y el lugar que había elegido para situar la cámara estaba ocupado por una cerrada vegetación. 
Llevaba la idea de filmar los reflejos  del sol saliente y me encaminé hacia una zona en la que meses atrás me sentaba y podía sentir el devenir del agua empujada por el viento llegar hasta mis manos. Hoy la situación ha cambiado: aunque en algunas zonas se aprecia el retroceso de las aguas en otras apenas ha cedido. Llegar hasta el borde del agua es ya de por sí una aventura desagradable, la maleza formada por todo tipo de hierbas secas y pinchos hacen el paseo ingrato. Una vez alcanzada el agua el carrizo, la enea y algunas especies de juncos, además de otras hierbas altas hacen que el peligro se acreciente ya que no se puede saber con seguridad que grado de firmeza tiene el suelo que se pisa y se impone la prudencia antes de aventurarse a terminar empozado con el agua hasta la cintura.
Como mi intento no tuvo éxito me dirigí hacia las zonas más accesibles del Parque. En el embarcadero del itinerario de Prado Ancho un grupo de operarios limpiaban las barcas que se utilizarían en una visita oficial programada para las diez del mismo día. Ellos me hablaron de la gran cantidad de aves que se podían ver tablas adentro, de las diferentes especies que habían formado colonias, y del espectáculo maravilloso de poder comprobar la gran cantidad de crías que había. 
Les hice saber de su privilegio  y de mi envidia y frustración al no poder dar un paseo por el interior y comprobar y documentar con mi cámara lo que ellos me contaban con alegría y pasión. Me vine sin poder realizar una pobre fotografía de las diferentes especies de garzas que me sobrevolaron a primera hora de la mañana. Otra vez será.