26 ago. 2010

La Mancha Húmeda. Lagunas de Alcazar de S. Juan. El viajero de ayer.

Cualquier viajero que pasase por la Mancha en tiempos de Cervantes en la subida de cualquier cerro se podría encontrar con un paisaje similar al que muestra la imagen superior de la laguna del Camino de Villafranca en Alcázar de S. Juan. Después de largas horas por caminos polvorientos de difícil tránsito, al encontrarse con un paraje así, seguro que se le reanimaba el ánimo. Caminos perdidos en la inmensidad de la meseta  en los que los campos ardientes sembrados de cereales parecen no tener fin; moteados de vibrantes casillas encaladas arropadas del inclemente estío por algunos frutales y árboles de sombra que produce el milagro del agua que la noria le arrebata en su justa medida al suelo.
Aprovecharía el viajero de ayer este oasis de refulgentes aguas para el obligado descanso de tan sofocante viaje a la sombra de los tarayes que bordean la laguna, y saciaría su cansancio, hambre y sed. Protegido de los verticales cuchillos dorados que el sol clava en la tierra cuando apunta desde su cenit se dejaría vencer en un breve duermevela. Antes, la vida sigue en rededor y un grupo de flamencos le aceleran los sentidos que abre de par en par para no perder detalle.
El viajero sabe que la Mancha es una región natural que abarca una extensión de 5.000 Km. cuadrados. En ella nacen y discurren una serie de ríos que en sus desbordamientos y uniones con otros ríos, si el año es benigno en lluvias, se desbordan y producen lagunas.
Sabe que son estacionales, que en verano se pueden llegar a secar por completo. También sabe que tienen altas concentraciones de sales y que por ese motivo la vegetación palustre es testimonial en ellas, y sabe que tipo de aves puede ver en aquellas aguas.
El viajero sigue su camino; si no desfallece en el rigor de la tarde cuando las sombras se alargan en el suelo tres  veces mas que su figura quiere estar a la puerta de la venta donde esa noche descansará sus huesos doloridos. 
Ha decidido acortar camino, se adentra en medio de la laguna de Las Yeguas que a esas alturas del verano ya está seca.
El crujir de la sal bajo sus pies le sobrecoge. Unas fanegas de tierra atrás la tierra cubierta por apenas unos centímetros de agua vibraba de vida: zampullines, malvasías, tarros, cigüeñuelas, avocetas, gaviotas, flamencos, aguiluchos, imposible recordar tantas especies; diez minutos de viaje más y la tierra asusta por su aspecto.
Sabe que la realidad del clima de la zona es terca, inmanejable y caprichosa y que cuando vuelva por el mismo camino dentro de un mes el complejo lagunar de Alcazar de S. Juan se  habrá secado.
Por eso se ha prometido volver en invierno si las lluvias acompañan; para ver correr el Záncara brioso y alegre abrazarse al Gigüela y desparramarse de nuevo para que en primavera la alegría se expanda con el vuelo de las aves hasta el cielo.