15 may. 2010

dos Horas.

El mundo zozobra y en su deriva es capaz de ahogar a sus propios remeros. Mientras, sus capitanes y contramaestres dilucidan si poner la brújula boca abajo o boca arriba para hallar el norte.
Si la justicia se rige por los celos y las venganzas, y terminamos entendiendo que un triste "un cachondeo", necesitaré dos  horas para conseguir cierta templanza.
Habrá quien soporte tragar sapos y culebras, y no tener el mínimo reparo en tratar de convencernos de que el fin justifica los medios. Yo, no me lo creo. ¡Necesito dos horas!
Para contender con el viento, para sentir que su aliento no me molesta el pensamiento, que en sus caricias me siento ajeno al despiadado mundo que he dejado tierra adentro.
Para ver cimbrearse las tiernas hojas del carrizo verde y enhiesto. Para ver escabullirse de mi sombra las aves que no entendieron mi desconsuelo.
Para coger al vuelo el mínimo rayo de luz que entre las nubes impregna de color los campos hasta ayer mustios, tristes, yermos.
Y, así, una vez más, corriendo tras las nubes, buscándoles un hueco vuelvo a casa, casi nuevo. Mientras, el sol cae a mi espalda sonriendo, diciéndome entre guiños. ¡Ven mañana! Sigamos el juego.