13 feb. 2012

El chorlito dorado y el coche fúnebre.

Resulta desalentador descubrir de esta manera una especie animal; ver  sus características físicas hasta sorprenderse de que su tamaño difiere bastante de las demás aves de su misma familia que hasta ahora había visto y fotografiado; cómo su plumaje en las partes superiores se asemeja al de otras especies con variaciones que van de los  marrones claros a más oscuros y grises derivando en tonalidades doradas que le permiten mimetizarse a la perfección en el entorno en que se mueve, más lejos de las orillas que sus primos, los otros chorlitos.
Resulta triste ver un ave reventada por el golpe de un coche que en manos de un fitipaldi cualquiera aprovecha un camino asfaltado para poner a prueba la potencia de su vehículo y su destreza como piloto, aun sabiendo que en ese camino es constante  el trasiego  de gran cantidad de aves que lo cruzan   en busca de alimento.
Resulta penoso continuar el paseo y descubrir un grupo de apacibles chorlitos dorados europeos y pensar que el que yace un kilómetro más atrás pertenecía al grupo,  que levantan el vuelo ante mi presencia y vuelven a su comedero en cuanto me alejo, permitiéndome la observación de sus movimientos más cerca que otras especies en cuanto me cobijo y me mantengo quieto.
Resulta complicado rechazar que no hay tanta gente demasiado inquieta de prisas por llegar no sé dónde como la que parece y que, sin embargo, somos muchos más quienes hemos pensado al ver el chorlito dorado  aplastado ¡Cuanto loco!